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¿Espiritualidad femenina?. Antonio Gil de Zúñiga

¿Espiritualidad femenina? Antonio Gil de Zúñiga, 10-diciembre-2016   Pasó la fiesta de la Inmaculada que tal vez inspiró este artículo. Pero el sábado estaba siempre dedicado en la tradición católica a la Virgen, con un culto especial que

¿Espiritualidad femenina?

 

Pasó la fiesta de la Inmaculada que tal vez inspiró este artículo. Pero el sábado estaba siempre dedicado en la tradición católica a la Virgen, con un culto especial que se llamaba felicitación sabatina. ¡En esas prácticas nos educaron! AD.  

Llama la atención, y clama al cielo, que la Iglesia, que tiene a una mujer, María, como uno de los focos centrales de su espiritualidad -ahí está la fiesta de la Inmaculada que celebramos en estos días- margine institucionalmente a la mujer; llama la atención, y clama al cielo, que, siendo la mujer protagonista primera de la resurrección de Cristo, no sea asimismo protagonista eclesial y eclesiásticamente; llama la atención, y clama al cielo, que en la Iglesia primitiva algunas mujeres fundaran y dirigieran iglesias locales, como la de Filipos, y que ahora, en nuestro siglo tan avanzado en derechos humanos, la mujer carece de rol eclesial y de responsabilidad en la Iglesia institución, etc, etc. Si la institución eclesial está copada por el varón, también lo está la espiritualidad. El varón a lo largo y ancho de la historia eclesiástica ha impuesto una determinada espiritualidad, esa “mediación vehicular del hombre y de la mujer para ponerse en contacto con el Misterio (cfr. Espiritualidad sin templo); ese diálogo tan necesario para el ser humano y que brota de su radicalidad óntica.

El perfil de la espiritualidad del varón, basada en su propia antropología y en la cultura finisecular, se fundamenta en estos rasgos: monacato como huida del mundo, el esfuerzo, el poder, la norma y el rito. Que el monacato, sobre todo a partir del siglo V con san Benito, sea el modelo de espiritualidad por excelencia, es una realidad histórica incuestionable. Y a través de los llamados votos monacales: obediencia, castidad, pobreza, se imponen los otros rasgos de la espiritualidad masculina. La obediencia sumisa supone un poder omnímodo, que determina en cada momento y hasta los mínimos detalles las actuaciones cotidianas del monje. La castidad implica la ley del esfuerzo, la ley del mérito, como si el ser humano se bastara a sí mismo, si seguimos a Feuerbach, despreciándose, por lo tanto, el componente de gratuidad que conlleva la fe y la misma vida espiritual. La pobreza no es tanto desprecio al dinero, por cuanto corrompe y pervierte al ser humano, como señala con frecuencia Jesús de Nazaret, cuanto, y sobre todo, porque conlleva limitar recursos de alimentos y de vestido para mortificar al cuerpo, que es el enemigo a combatir, fruto del maniqueísmo imperante y que pervive hasta nuestros días. De nada serviría aducir con D. Bonhoeffer que “el cuerpo constituye la mediación necesaria entre los humanos para el encuentro de Dios. La felicidad es un derecho irrenunciable de toda persona, que ninguna religión puede reprimir”, o con san  Juan de la Cruz: “La gota que podemos saber de Dios es a través del cuerpo”. Por último, la norma y el rito son inferencias lógicas de la espiritualidad cenobítica. Esta posible vida espiritual y gozosa se ritualiza mediante abundantes normas, que se transmiten de siglo en siglo. Ahí está la liturgia, en general, y la eucaristía, en particular, abigarrada de normas rituales que ocultan el verdadero carácter celebrativo de la misma.

Paralelamente la Iglesia institucional admite este modelo único de espiritualidad y que a su vez impone a las mujeres que pretendan vivir eclesialmente su espiritualidad. No sólo, pues, es preciso seguir este modelo único, sino además ha de estar vigilado y controlado por el varón, por el clero. Los escasos brotes de espiritualidad no protegida por el varón han tenido consecuencias negativas para sus protagonistas, desde las beguinas, siglo XII,   hasta nuestros días, como es el caso de la monja americana Lavinia Byrne que ha tenido que abandonar su Congregación de la Sagrada Virgen María por publicar el libro Mujeres en el altar. La rebelión de las mujeres para ejercer el sacerdocio. En cierto modo ha seguido los pasos de su fundadora, Mary Ward, quien en el siglo XVII, al defender una espiritualidad femenina no monacal y sí encarnada en el mundo, fue condenada por hereje y cismática.

Desde este control férreo masculino, léase papas, obispos, sacerdotes, la espiritualidad femenina se ha desarrollado en el monacato o fuera del cenobio, pero con los mismos rasgos: virginidad, obediencia, pobreza, con sus respectivas implicaciones de poder, esfuerzo, normas y rito. Hay que destacar que en la espiritualidad femenina el eje central es la virginidad, siguiendo la máxima de S. Jerónimo: “Ningún vaso de oro o de plata es tan caro a Dios como el templo de un cuerpo virginal”. En nuestros días incluso hay mujeres deseosas de vivir privadamente su espiritualidad, sin pertenencia al monacato o alguna congregación religiosa,  y se consideran a sí mismas como “vírgenes consagradas”. Las palabras de san Jerónimo pueden parecer exageradas en nuestro contexto, pero, ahora y antes, distorsionan la peculiaridad de la espiritualidad femenina, porque introduce un elemento perturbador, el esfuerzo y su consecuencia inmediata: el mérito, que viene a dinamitar ese magnífico y gozoso “templo” de la espiritualidad, cuya columna central es que Dios se nos da gratuitamente. ¿Quién no ha oído más de una vez: ¡qué mérito tienen las monjas al vivir vírgenes!?; o su correlato: “Yo he soportado la virginidad durante tantos años y, por eso, no se me puede decir que soy una mala monja”. Si hacemos caso a la cultura judía, ésta no concede condecoración alguna al mérito de la virginidad. Y para apuntalar esto, tenemos lo expresado más arriba por D. Bonhoeffer o san Juan de la Cruz.

“Dios es el silencio del Universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio”,  afirma J. Saramago; éste es, pues, el territorio de la espiritualidad tanto masculina como femenina. Ya sabemos qué ha dado de sí la espiritualidad controlada por el varón y por las instituciones eclesiásticas, donde el grito humano no ha dado sentido a ese silencio; por el contrario, lo ha oscurecido y Dios ha quedado sin rostro, irreconocible, a causa de unas estructuras eclesiales de poder, de espalda a la historia humana, y no de misericordia y acogida. En este sentido, la espiritualidad femenina, históricamente, ha sido más sensible al sufrimiento humano; de ahí que la gran mayoría de las congregaciones religiosas femeninas ha estado más cerca del ser humano doliente y pobre, el verdadero rostro de Dios; el grito que da sentido a ese silencio, que es Dios.

Aquí está, pues, la verdadera senda de la espiritualidad femenina, diferenciadora de la del varón: acogida de pobres y dolientes, hospitalidad, misericordia, perdón, gratuidad celebrativa, partiendo del hecho básico e irrenunciable de encontrar a Dios, ese silencio del Universo, sin intermediario alguno. Creo que estas coordenadas marcan y configuran el perfil propio y diferenciador de la espiritualidad femenina. Soy consciente de que algunas teólogas femeninas, como EE. Jonson, consideran que “añadir rasgos femeninos (amor maternal, acogida de débiles y dolientes, compasión…) a la imagen masculina de Dios prolonga la subordinación de las mujeres al hacer del símbolo patriarcal menos amenazante, más atractivo”. Si antropológica y culturalmente la mujer posee esos rasgos positivos, más acorde, añadiría, con las propuestas éticas de Jesús de Nazaret, ¿por qué no se pueden considerar como rasgos específicos de su espiritualidad y, por ende, del nuevo rostro de Dios? No se trata de establecer dos bloques amurallados en sí mismos y sin posibilidad de comunicación alguna; es más bien reconocer que la mujer puede señalar una senda de espiritualidad válida también para el varón, donde no haya imposición y que mutuamente se enriquezcan.

Con razón sostiene J. Sobrino que “se va conociendo al Dios liberador en la praxis de liberación, al Dios bueno en la praxis de la bondad y de la misericordia, al Dios escondido y crucificado en la persecución y en el martirio, al Dios plenificador de la utopía en la praxis de la esperanza”. Hoy, en muchas parroquias, las mujeres llevan a cabo ese conocimiento del Dios liberador, del Dios bueno y misericordioso o del Dios de la utopía mediante la praxis de la liberación, de la bondad y misericordia y de la esperanza,  a pesar de algunos, bastantes, clérigos más preocupados por el poder de   sus funciones dentro de una Iglesia fuertemente jerarquizada, ahogándose en su narcisismo clerical, y que, si hacemos caso de la sociología, tienen los días contados. Es, pues, el turno de la mujer y de su espiritualidad, no tanto para sustituir a lo existente, sino para vigorizar a ese “silencio del Universo”, mediante el grito de la compasión, de la acogida, de la misericordia…, configurando el nuevo rostro de Dios en la Iglesia.

 

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