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Mesías y mesianismos. Reflexiones desde El Salvador. Jon Sobrino

Mesías y mesianismosReflexiones desde El SalvadorJon SobrinoCaracteres: 27.300 Palabras: 4.600 Original: «Concilium» 246(abril 1993)159-170 El Primer Mundo no parece estar para mesías ni para mesianismos. En él ya no hay lugar para las utopías de los pobres y

Mesías y mesianismos
Reflexiones desde El Salvador
Jon Sobrino
Caracteres: 27.300
Palabras: 4.600
Original: «Concilium» 246(abril 1993)159-170


El Primer Mundo no parece estar para mesías ni para mesianismos. En él ya no hay lugar para las utopías de los pobres y es notorio el déficit de líderes que las quieran mantener. Y como en ese mundo lo real es lo de ellos, y como ellos han decidido -modernista, posmodernista o pragmáticamente- que ambas cosas son irreales y sospechosas, resulta que ya no está de moda hablar de mesianismos ni de mesías. Y si a esto añade que la historia -y esto sí hay que tenerlo seriamente en cuenta- muestra los peligros que conllevan ambas cosas: populismos, paternalismos, dictaduras, ingenuidad, fanatismos, agresividad… la conclusión es que poco se puede hablar ya de mesías y de mesianismos. A lo sumo se tolerará, con benevolente superioridad, como pecado de pueblos jóvenes…

Sin embargo, llámeseles como fuere, los pobres de este mundo, la inmensa mayor parte de la humanidad, necesitan utopías, que pueden ser tan simples como el que la vida sea posible, pero que son bien reales, pues la vida es precisamente lo que los pobres no dan por supuesto, y para lo cual todavía no hay lugar en este mundo. Y ese mismo Tercer Mundo sigue esperando también la aparición de líderes con corazón de carne, no de piedra, que les dé esperanza y les ofrezca caminos de vida.

Además, aquí en El Salvador -y en otros países latinoamericanos- hace algunos años los pobres tomaron la palabra y pusieron a producir sus esperanzas en movimientos populares, esperanzas que encontraron eco en pastores como Monseñor Romero y en intelectuales como Ignacio Ellacuría. Cierto es que, empíricamente, estos movimientos no han tenido éxitos fulgurantes -en parte por sus propios errores y más fundamentalmente porque no lo ha tolerado el Primer Mundo-, pero también es verdad que han conseguido cosas importantes (1), y en cualquier caso han replantado, si no en puro concepto, sí en realidad, la necesidad y sentido de mesianismos y mesías. Recuérdese que el último escrito teológico de I. Ellacuría -verdadero testamento teológico suyo- versó sobre utopía y profecía (2).

Por esta razón fundamental -la urgente necesidad que tienen los pueblos crucificados de utopías, esperanzas mesiánicas o como quiera denominárselas-, aun sin ser expertos ni en exégesis ni en historia de la Iglesia, nos animamos a escribir las reflexiones que nos han pedido, pues «el mesianismo siempre ha sido y será el mejor revulsivo para afrontar los problemas del presente, abriéndose a un futuro cuajado de esperanza» (3).

I. El miedo desde el Tercer Mundo: un Cristo sin reino
El olvido del mesianismo no sólo tiene raíces sociopolíticas, sino que de alguna forma comienza ya después de la resurrección de Jesús. El problema es, pues, también eclesial y teológico, y consiste en que nombre del mediador (Cristo resucitado) se va relegando a segundo plano la mediación (la realización de la voluntad, el reino de Dios en las palabras de Jesús, las esperanzas mesiánicas). En nuestra opinión, han ocurrido dos cosas: se ha dado prioridad al mediador sobre la mediación, y el mediador se ha ido comprendiendo eficazmente más según el modelo de Hijo de Dios que según el de Mesías.

1. Una paradoja: la «des-mesianización» de Cristo
Después de la resurrección, Cristo, es decir, Mesías, se convirtió en nombre propio de Jesús de Nazaret. Así aparece programáticamente en la formulación del kerygma: «Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quienes ustedes han crucificado» (Hch 2,36), y se mantiene en todos los estratos del NT. Y ese nombre se convirtió en algo tan definitorio que fue usado para designar también a los creyentes en Jesús, de modo que «los discípulos recibieron el nombre de cristianos» (Hch 11,26, por primera vez en Antioquía). El hecho es, pues, claro, pero también lo que es el título mesías, aplicado a Jesús resucitado como algo central, fue perdiendo concreción y especificidad. Para ello hubo, sin duda, importantes razones, pero en definitiva se llegó a la paradoja que, provocativamente, podemos formular como la des-mesianización de Cristo, es decir, las desmesianización del mesías.

Ese proceso de des-mesianización tuvo como condición de posibilidad la misma ambigüedad del concepto mesías. Por una parte es claro que al llamarle mesías los primeros cristianos afirman que en Jesús resucitado ha tenido cumplimiento una larga esperanza de Israel: la aparición de un salvador, pero, por otra, no es tan claro bajo qué modelo de salvador -de los muchos que aparecen en el AT- puede ser comprendido Jesús, pues a lo largo del AT el mesías fue pensando diversamente como rey, y, después, tras el fracaso de la monarquía, como sumo sacerdote, como profeta o incluso como siervo sufriente. Ese rey, además, podría ser un rey guerrero, o un rey justo y pacífico. La victoria sobre los enemigos la podría efectuar directamente el mismo Dios o a través del mesías con acciones milagrosas. Y a medida que pasa el tiempo y la historia desmiente el cumplimiento inmediato de la esperanza, el mesías se va convirtiendo en figura escatológica, es decir, en objeto de esperanza definitiva para el futuro. Y es también sabido que el mismo Jesús no afirmó con claridad si se autocomprendió como mesías o no -recuérdese el secreto mesiánico-, y menos en qué sentido.

Sin entrar en el análisis exegético del asunto, lo que sí parece quedar claro es que, después de la resurrección, se comprende a Jesús como salvador y por eso se le puede denominar mesías, pero la salvación de la que es portador no parece incluir ya un elemento central del mesianismo: que la salvación es salvación histórica de un pueblo oprimido, externa e internamente. Cristo no es presentado como el mesías que, sobre todo después del exilio, aparece en correlación con la esperanza de los pobres, como el rey justo quien, por fin, impartirá justicia, defenderá al débil y logrará la reconciliación y la fraternidad.

a) La esperanza de salvación histórica va siendo sustituida por la de salvación transcendente. No significa esto que el NT no dé ya importancia a las realidades terrestres -así lo muestran sus exigencias morales, el llamado a la caridad, el cuidado de los débiles, etc-, pero todas estas cosas aparecen ahora más como exigencias éticas que como lo central que trae Jesús y que está en correlación con su mesianismo. La salvación se concentra, además, en el perdón de los pecados, y se convierte en una salvación en singular. No se trata ya de las salvaciones plurales, de cuerpo y alma, que se mencionan en los evangelios, sino que se da una concentración en la salvación interior.

b) El correlato de las esperanzas mesiánicas no es ya el pueblo con sus propias esperanzas, sino el individuo. De nuevo, no quiere esto decir que en el NT desaparezca la idea de «colectividad», pues lo que surge de la fe en Cristo es precisamente una comunidad, y la naciente ekklesia expresa su propia identidad en términos que implican, todos ellos, colectividad: pueblo, cuerpo, templo… Pero, por otra parte, es también verdad que desaparecen las esperanzas concretas de los pueblos en cuanto tales, lo que hoy llamaríamos sus esperanzas sociales y políticas (tan primigeniamente humanas como las esperanzas individuales): que cese la esclavitud y haya libertad, que cesen las guerras y haya paz, que cese la represión y haya justicia; en definitiva, que cese la muerte y haya vida… Lo que ocurre es que desaparecen las esperanzas mesiánicas a las que debía dar cumplimiento el mesías.

c) Más en concreto, va perdiendo importancia en la comprensión del mesías lo que en el profetismo del AT es el correlato directo de las esperanzas mesiánicas: los pobres dentro del pueblo. Estos son los que esperan al «rey justo» del Isaías, al mesías que hará justicia a huérfanos y viudas y que será, por ello, parcial.

Lo dicho hay que entenderlo bien. No negamos ni minusvaloramos, por supuesto, lo positivo que afirma el NT: que Jesús trae perdón de los pecados y salvación, pero sí recalcamos el cambio importante que se va dando en la comprensión del término mesías, y eso precisamente cuando se le aplica a Jesús como nombre propio. Y una forma sencilla de verificar si esta desmesianización es verdad o no, bastaría preguntarnos si al hablar hoy de Cristo (el mesías), se le ocurre a alguien relacionar a Jesús resucitado con las esperanzas colectivas de los pobres de este mundo.

2. La concentración en el mediador a costa de la mediación
Esto nos lleva a un problema central en el NT que va más allá del conocido paso que se opera de Jesús a Cristo, es decir, del Jesús que predica al Cristo predicado. Se trata de un cambio en la comprensión del designio de Dios: el centro del kerygma no es ya en directo la venida del reino de Dios anunciado por Jesús, sino la aparición del Cristo. Aunque mediador y mediación sigan estando relacionados, la «buena noticia» de Dios se concentra ahora en Cristo y no en el reino de Dios, más en el mediador (el enviado de Dios) que en la mediación (la realidad de un mundo según la voluntad de Dios). De esta forma realidades que fueron importantes para Jesús de Nazaret se van formulando de modo que, por una parte, sigue existiendo continuidad entre el antes y el después de pascua, pero también discontinuidad. Así, los primeros creyentes siguen esperando la salvación y relacionándola con Cristo, y ahora de forma absoluta, pero esta salvación no viene ya formulada como «reino de Dios», liberación de necesidades plurales, terrestres y transcendentes, personales y colectivas, sino como salvación más transcendente (en la parusía), más personal (del individuo) y más religiosa (perdón de los pecados). Las razones históricas para ello son variadas: la expectativa de la próxima parusía y del fin de la historia, la afortunada desnacionalización de la comprensión del pueblo de Dios, la pequeñez histórica de las comunidades… Todo ello hacía poco verosímil plantearse los problemas y esperanzas de los pobres masivamente -estructuralmente, diríamos hoy- para darles una respuesta histórica. Pero, como decíamos antes, el resultado no deja de ser paradójico: el mesías deja de responder a las esperanzas populares, o, en palabras más técnicas, la mediación de Dios pasa a segundo término mientras todo parece concentrarse en la aparición del mediador (4).

Además, al mediador se le va comprendiendo más en su relación con la persona de Dios (lo cual estaría expresado en los títulos de Señor e Hijo) que en su relación con el reino de Dios, que es la relación implicada en el título mesías. Por decirlo en palabras actuales, Jesús va apareciendo como sacramento del Padre, la presencia histórica de Dios en este mundo, y eso -verdadera buena noticia, evidentemente- es lo máximo que puede acaecer en la historia. De esta forma, aunque se aplique a Jesús, como nombre propio, el nombre de Cristo (mesías) -con lo que ese nombre connota de relación con la salvación de los pobres, con el reino de Dios -lo más distintivo va a ser resaltar la relación de Jesús con Dios, con la persona del Padre, de modo que, aunque no como nombre propio, lo más distintivo será comprenderle como el Hijo de Dios (5). O dicho todavía de otra forma, se podrá llegar a afirmar que Jesús es la auto-basileia tou Theou, el reino de Dios en persona, afirmación bella, pero también peligrosa, pues podría ser una forma de ignorar la mediación de Dios porque ya ha aparecido el mediador.

Esto que aquí se dice de forma abstracta ha tenido graves consecuencias para la historia de la fe y de la teología, que han presupuesto, a veces explícita, a veces implícitamente, que precisamente en el punto del mesianismo se da un quiebre prácticamente absoluto entre el AT y NT, que ese quiebre es positivo y que es esencial a la nueva fe. Es claro que existe novedad después de pascua, pero hay que analizar bien en qué consiste y qué consecuencias se desprenden de ella. Es claro que el NT rechaza un mesías como rey político y guerrero, pero sería trágico convertir al Cristo en mesías de un reino puramente espiritual sin encarnación, en un mesías universal sin parcialidad hacia los pobres, sin misericordia hacia sus sufrimientos, sin exigencias de justicia hacia sus opresores.

Dicho de otra forma, el peligro consiste en que se va ignorando o, al menos, en que no está ya presente como en el AT el que la buena noticia versa también sobre la mediación: que el mundo, la creación de Dios, llegue a ser según su corazón. La aparición del mediador y su realidad en cuanto sacramento de «la persona» del Padre va poniendo en segundo término lo importante que es para Dios el que se realice sobre este mundo «su voluntad», la realidad transformada de este mundo.

Si se nos entiende bien, y se nos permite la ironía, a veces da la sensación de que para algunos cristianos el Padre celestial ya está absolutamente feliz porque sobre la tierra ha aparecido el mediador, el Hijo, aunque la situación de su creación fuese lamentablemente. Bien sabemos que con el envío del Hijo, Dios mismo se ha comprometido para siempre con su creación. En las repetidas palabras de K. Rahner, en Jesús Dios ha roto para siempre la simetría de ser posiblemente salvador y posiblemente condenador: ahora es esencialmente salvador. Pero tampoco estará de mas recordar las palabras del Génesis, sin despacharlas precipitadamente por antropomórficas, y aplicarlas a lo que Dios pudiera sentir -también hoy- al ver su creación: «Viendo Yahvé que la maldad del hombre cundía en la tierra… le pesó de haber hecho al hombre sobre la tierra y se indignó en su corazón» (Gn 6,5s). Esa indignación de Dios es la que hay que recobrar y mantener para revalorizar la importancia que tiene para Dios también la mediación, su creación.

II. La exigencia desde el Tercer Mundo: un mesías con un reino para los pobres
Ante estas reflexiones podrá haber lectores -sobre todo en el Primer Mundo- que objetarán que así fueron las cosas y que así hay que aceptarlas. Pero desde el Tercer Mundo -que, incluso según las Naciones Unidas, va a peor- se sigue clamando por la mediación, y a su modo también lo hace el NT al volver al Jesús de los evangelios. Por ello hablamos de un mesías con un reino para los pobres.

1. La «re-mesianización» de Cristo
Hemos insistido en que no hay que ignorar ni quitar agudeza a cómo está la creación de Dios, y en que no debiéramos hacerlo porque, en definitiva, ya ha aparecido el mediador. Y una forma de devolver seriedad a la situación de la creación -cristológica en este caso- es la de «remesianizar» a Cristo, es decir, ponerlo en relación con las esperanzas de los pobres, «politizarlo», si se quiere. Pero para ello hay que evitar dos prejuicios, que nunca acaban de superarse del todo y que vuelvan a resurgir en la historia, como se nota ahora en la Iglesia latinoamericana tras la audacia de Medellín y su serena reafirmación en Puebla.

El primero es que, aunque Jesús, efectivamente, no quiso ser un mesías político ni mucho menos rey, ni usó de poder político, no quiere esto decir que no quiso configurar la «polis» y que no usase de algún poder para ello, aunque éste no fuese el poder político, ni militar, sino el poder de la verdad (anuncio de la utopía del reino, denuncia y desenmascaramiento del antirreino), el poder del amor (con sus concreciones de misericordia y justicia) y el poder del testimonio (su fidelidad hasta la cruz). Lo malo de negar lo político del mesías Jesús no consiste, pues, en negar su rechazo a ser rey guerrero nacionalista y su rechazo a un reino teocrático, sino en desligar de la noción de mesías las opresiones y las esperanzas de los seres humanos en sociedad, por una parte, y la necesidad de usar de un poder, por otra parte, poder que no por ser el de la verdad y el del amor deja de ser poderoso, y por ello también conflictivo (como lo muestra la historia reciente latinoamericana). Lo malo está, pues, en negar o minusvalorar la relación salvífica entre mesías y pueblo.

El segundo prejuicio que hay que desenmascarar es reducir la problemática de la relación de Jesús con lo político al análisis del título mesías. Metodológicamente es ya hoy claro que no hay que leer el sustantivo a partir del adjetivo, sino a la inversa. No hay que decir, pues, «Jesús es el mesías», sino «¿Mesías? Ese es Jesús». Pues bien, si se va con esta perspectiva a los evangelios, nos encontramos con que Jesús sí tiene en cuenta como algo central las esperanzas mesiánicas del pueblo, y en concreto de los pobres, es decir, sí se parece al «rey justo y parcial» de Isaías que quiere instaurar el derecho y la justicia, sí ejercita misericordia hacia los débiles y denuncias hacia los opresores…

Con qué título se le denomine a ese Jesús que el NT presenta en los evangelios, es hasta cierto punto secundario. Lo importante es que ese Jesús expresa lo central de las esperanzas mesiánicas de los pobres en el AT, aunque opera cambios profundos en las concepciones teocráticas, nacionalistas, exclusivista, militarista… Eso es lo que hacen los sinópticos y eso es de singular importancia dentro del NT, como se ha dicho hasta la saciedad: volver a Jesús y a su relación esencial con el reino de Dios (6). Para comprender su mesianismo no es tan importante si y de qué forma los sinópticos aplican el título a Jesús. Lo importante y decisivo es que lo presentan en relación esencial con el reino de Dios, pues «la esperanza mesiánica se orientaba inicialmente no a una figura concreta y determinada sino a la venida del Reino de Dios» (7).

Hoy también urge la recuperación del título mesías, tanto para no caer -formalmente- en la anómala situación de que «mesías» (Cristo) siga siendo hoy el término más usado para referirse a Jesús y no diga nada en concreto, como para que -materialmente- no se prive de esperanza a los pobres de este mundo. Lo primero puede y debe hacerse de varias formas. Así, J.I. González Faus, por ejemplo, reinterpreta finamente el significado del título de acuerdo al potencial que tiene para decir hoy cuáles deben ser nuestras esperanzas y comportamientos: es central el recordatorio de que se trata de un mesías «crucificado» que critica la tentación de esperar al «hombre mágico» y delegar en él la salvación, y es central recalcar que la esperanza y la praxis cristianas tienen que estar vueltas al reino (8).

Por lo que toca a lo segundo, la problemática ha sido de nuevo sacada a relucir por la teología de la liberación y resuelta en principio al otorgar a Jesús el título de «liberador». La fe de los cristianos latinoamericanos y la cristología de la liberación es lo que ha devuelto hondo significado y urgencia al título mesías (9). Con el «liberador» se recoge hoy lo central del sentido más originario del mesías: en la historia aparecerá alguien que traerá salvación a los pobres y oprimidos, aparecerá un rey justo que liberará de esclavitudes a las mayorías populares. Así es visto Jesús hoy por muchos en el Tercer Mundo. No implica esto volver pura y simplemente al AT, ni menos concebir al liberador como un rey nacionalista, teocrático, guerrero.. Pero sí significa recoger lo esencial: el enviado de Dios tendrá ante sus ojos a los pobres de este mundo, con sus esclavitudes y sus esperanzas.

La situación histórica de América Latina posibilita esta recuperación del mesianismo de Jesús, pero además la exige. Con o sin el título de «liberador» es evidente que Jesús tiene que ser considerado de esta forma, pues de otra manera ni se haría justicia a la realidad latinoamericana ni a la realidad de un Cristo que es Jesús de Nazaret. Y así, por cierto, lo sancionó Puebla al reconocer en numerosos sectores del pueblo de Dios la «búsqueda del rostro siempre nuevo de Cristo que llena su legítima aspiración a una liberación integral» (n. 173). Esto no implica reducir la totalidad de Cristo a lo expresado en el título «liberador», o, más exactamente, a una interpretación reduccionista, de la que avisa Puebla: un Cristo que fuese «un político, un líder, un revolucionario o un simple profeta» (n.178). Pero sí posibilita y exige una cristología que -comenzando desde el mesianismo liberador de Jesús- pueda desplegarse en totalidad.

2. Mesías e Hijo
Que el título «liberador» es esencial hoy para la fe en Cristo nos parece claro, y de esta manera, además, se le vuelve a «mesianizar». Habrá que evitar peligros: convertir «al liberador» en fórmula mágica para resolver todos los problemas, o reducir a Cristo a responder a esperanzas sociales, ignorando otras dimensiones del ser humano incluso de los pobres, o fanatizar y engañar a los pobres en nombre de una próxima liberación quasi ex opere operato… Pero la intuición fundamental sigue en pie: Cristo, por definición, es «mesías», y ese mesianismo hoy puede y -en muy buena parte- tiene que ser descrito como liberación. En último término es algo paradójico -y triste- que haya que recalcar que Cristo es «liberador», pero a través de la tautología «Cristo-liberador» quizás se pueda recuperar hoy lo que verdaderamente significa ser Cristo.

No es, pues, bueno que tras el mediador desaparezca la mediación, y en ello hemos insistido en estas líneas. Pero tampoco es bueno lo contrario: que tras la mediación desaparezca el mediador. Y no sólo eso. Hay que recalcar que el mediador no es sólo Mesías sino también Hijo, que Jesús no sólo está en esencial relación con el reino de Dios, sino también con el Padre. Afirmamos esto no sólo para mantener lo que dice el Nuevo Testamento, la tradición y la ortodoxia cristianas, sino porque la experiencia da que un Mesías que es Hijo es un mesías más eficaz. Recordemos, para terminar, dos figuras salvadoreñas que ilustran lo dicho.

Monseñor Romero suscitó, animó, orientó y mantuvo las experiencias mesiánicas del pueblo salvadoreño como nadie lo ha hecho. De esto no hay ninguna duda, y así lo reconoció el mismo pueblo, cuando, el 1 de febrero de 1992, al comenzar el primer día de paz en el país, abarrotó la plaza de los mártires y para expresar su alegría puso una inmensa pancarta en la fachada de la catedral: en ella estaba una gran foto de Monseñor Romero con las palabras «Monseñor , resucitaste en tu pueblo». Lo que queremos añadir es que Monseñor no sólo fue un buen «mesías», sino un mesías «bueno». No sólo trajo una buena noticia a los pobres, sino que él mismo -por su modo de ser- fue buena noticia.

Y Monseñor no sólo fue bueno, sino santo (10), íntimamente unido a Dios, de modo que la gente captó muy bien que era hombre de los hombres, sí, pero también hombre de Dios, y que eso último no lo distanciaba de los hombres, sino que lo acercaba más a ellos. En otras palabras, la santidad personal de Monseñor Romero, su unión personal con Dios (11), no mermó en nada su «mesianismo», sino que lo potenció. Con Monseñor se mostró con toda claridad la eficacia histórica de la santidad.

Con esto queremos decir que buena noticia es la mediación (el reino de Dios) y buena noticia es el mediador (Jesús), que mesianismo y filiación no se excluyen sino que se complementan, y que, por lo tanto, Jesús puede y debe muy bien ser proclamado Mesías e Hijo, sin que una cosa quite nada a la otra. Esto es lo que mostró históricamente en nuestros días Monseñor Romero, quien -además- terminó como Jesús en la cruz, unificando para siempre al Mesías, al Hijo y al Siervo.

***
Dada nuestra fe y nuestra realidad en el Tercer Mundo, lo que hay que hacer es conjugar todo lo dicho. Los pobres necesitan urgentemente la mediación: un reino de Dios que dé cumplimiento a sus esperanzas mesiánicas. Esperan a un mesías, al mediador, que les traiga ese reino. Y desean un mediador santo, que -con el reino- les haga presente al Dios. En el Primer Mundo, las esperanzas y, sobre todo, las desesperanzas pueden ser otras, y por ello, quizás, no se habla ya de mesianismo. Pero en el Tercer Mundo sigue siendo una necesidad.

Ignacio Ellacuría solía recalcar estas cosas. Recuerdo haberle oído decir -lo que quizás sorprenda un tanto a quienes no le conocieron de cerca- que «el arma última de la Iglesia de los pobres es la santidad». Creía y esperaba, pues, en un mediador santo. Y, a la vez, hasta el final, recalcaba la urgencia de la mediación. «Sólo utópica y esperanzadamente puede uno creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección».

Notas:

(1) Aquí en El Salvador, los movimientos populares, políticos y religiosos, han desarrollado importantes valores personales y sociales: la prioridad de la comunidad sobre el individuo, de la creatividad sobre el mimetismo impuesto, de la celebración sobre la diversión comercializada, de la esperanza sobre el conformismo, de la transcendencia sobre el rompo positivismo. Es cierto que estos movimientos también han cometido errores y que el neoliberalismo no está interesado para nada en ellos, y su futuro, por lo tanto, es incierto. Pero sería un grave error alegrarse de ello, pues la desaparición de dichos movimientos supondría un grave empobrecimiento social para todos.

(2) Utopía y profetismo desde América Latina, «Revista Latinoamericana de Teología» 17(1989)141-184. Es importante notar que, entre otras cosas, Ellacuría establece una relación dialéctica entre utopía y profecía: la profecía denuncia lo que debe ser erradicado, y eso -aunque parezca un mínimo- es ya un máximo. Como decía Monseñor Romero, «es preciso defender lo mínimo que es el máximo don de Dios: la vida».

(3) A. SALAS, El mesianismo: promesas y esperanzas, Madrid 1990, pág. 77, en palabras que sí son de un experto.

(4) La razón para esta concentración está ya implícita en la experiencia de la resurrección. «La resurrección y elevación de Jesús, en efecto, «contraen y concentran» la acción escatológica de Dios «en una sola persona»: Jesús crucificado y resucitado. El misterio inefable de Dios que todo lo abarca sin ser abarcado se nos manifiesta de un modo visible y perceptible únicamente en la figura de un hombre: el hombre Jesús», H. Kessler, La resurrección de Jesús, Salamanca 1989, pág. 256.

(5) Bien la formula W. Kasper: «la profesión de la filiación divina de Jesús pasa a ser desde entonces lo distintivamente cristiano», Jesús el Cristo, Salamanca 1976, pág. 199.

(6) Esta es la razón fundamental de la cristología latinoamericana para volver al Jesús histórico: no tanto -como puede ocurrir en otros lares- para saber qué ocurrió, sino para revalorizar centralmente el reino de Dios, cf. J. Sobrino, Jesucristo liberador, Madrid 1991, págs.143-177.

(7) J. Imbach, ¿De quién es Jesús?, Barcelona 1991, 96.

(8) La humanidad nueva. Ensayo de cristología, Santander 1984, 256s.

(9) Desde esta perspectiva lo más importante del primer libro cristológico de L. Boff es el mismo título: Jesucristo libertador, Buenos Aires 1972.

(10) En nuestro artículo Perfil de una santidad política, «Concilium» 183(1983)335-344, nos referimos y citamos a Monseñor Romero como ejemplo de la tal santidad.

(11) Cuán importante era Dios en su vida lo comunicaba en sus homilías en frases como ésta, un mes antes de su martirio: «¡Quién me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación de hoy fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios!» (10 de febrero de 1980)

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