Hace ochenta y tres años se formaba en España el primer gobierno de izquierda bajo la presidencia de Francisco Largo Caballero. Dos comunistas, Jesús Hernández y Vicente Uribe, figuraban en él al frente de los ministerios de Instrucción Pública y Agricultura. Sin que José Díaz, secretario general del PCE, exigiera ocupar ninguna cartera pese a la importancia política de dicho partido. Nadie pensó entonces que estos dos ministros eran poco más que unos jarrones chinos ni una mera figura retórica. Ocho décadas después, los buenos hábitos de la izquierda parecen haber cambiado, a la vista de la  actual crisis de los sillones que ha desembocado en la investidura fallida de Pedro Sánchez. Al menos los de la izquierda populista que ha votado contra el candidato de la izquierda socialista.

Curioso destino el de Pedro Sánchez. Hace dos años el veto del IBEX y ahora el voto de Iglesias. En 2017, el Ibex llevaba a la vieja guardia socialista a defenestrar al secretario general del PSOE por negarse a votar a favor del gobierno corrupto de Mariano Rajoy. Ayer, el voto de Pablo Iglesias cortocircuitó en seco la continuidad del presidente en funciones al negarse a aceptar las propuestas o exigencias del líder morado. Tras unas tensas primarias, la voluntad de los militantes del PSOE le devolvió a Ferraz, al sublevarse la base contra la dirección, y ahora está por ver si unas nuevas elecciones ratifican o rectifican la voluntad de Iglesias. Hoy como ayer, Pedro Sánchez vuelve a jugársela contra quienes creían y aún creen que es un yonqui del poder.

Inútil perder el tiempo entrando en la guerra de trincheras entre el PSOE y Podemos. El doble lenguaje, las dobles versiones, la dualidad del fariseísmo, propia de todas las luchas internas en un mismo bloque social, imposibilitan poder entender esta súbita e imprevisible lucha, tras unos doce meses largos de estrecha y fructífera colaboración en el último gobierno de Pedro Sánchez. No había más que dar continuidad política al programa y presupuesto elaborado por ambos partidos, bien con un gobierno de coalición, colaboración, pacto de legislatura o  pacto de investidura. Nadie pensaba siquiera que la investidura de un presidente progresista tuviera  que pasar la prueba de una muy dura negociación, como si fuera, tal como  suele suceder, la formación de un gobierno.

Máxime cuando las tres derechas no se cortaban un pelo delante del hemiciclo parlamentario. Pablo Casado volvió a reabrir el tarro de las esencias neofranquistas, Rivera recuperó la dialéctica de los puños de su  idolatrado José Antonio Primo de Rivera, y a Santiago Abascal solo le faltaron las pistolas, como muy  bien señaló metafóricamente ese solvente diputado morado que es Jaume Asens. Con ironía señalaba Gabriel Rufián que la crisis de los sillones entre el PSOE y Podemos podía terminar con una cartera ministerial para el mismo líder de VOX. Casado, Rivera y Abascal no daban crédito, al ver que tras el regalo del ayuntamiento y de la presidencia de Madrid, por las sucias peleas entre las fracciones populistas, ahora vislumbran la posibilidad de entrar en la Moncloa.

Bien lo intuía Pablo Iglesias cuando advertía a Sánchez que si no aceptaba sus condiciones le pronosticaba que no sería presidente.En esta arriesgada intuición del líder morado y de su consejero áulico en comunicación puede residir el cálculo de su  duro reto político a la Moncloa. Buscando fortalecer a un debilitado Podemos, necesitado de reforzar su autoridad interna al frente del partido, nada mejor que conseguir de un Pedro Sánchez, al que estima como drogadicto del poder, el precio ministerial deseado, cinco ministerios, que pide para mantenerle como presidente de Gobierno. Incluso, su penúltima propuesta, exigir las competencias de las políticas de empleo, podría perseguir continuar presionando hasta el mismo 23 de septiembre, calculando que en otoño sí puede lograr lo que no ha conseguido en el verano.

Sánchez no se esperaba que su socio preferente reaccionara como reaccionó y, por lo  tanto, se quedó algo descolocado sin saber que camino seguir. En vez de cortar en seco el ultimátum de Iglesias o de negociarlo optó por dar tiempo al tiempo sin entender ni captar que así alimentaba las muchas ilusiones del populismo de izquierda sobre su capacidad de cesión. En esa indecisión cometió, además, el error de vetar oficialmente a un Iglesias que ya vetaba oficiosamente. ¿ Que necesidad tenía de vetarle en público cuando le había vetado en privado? Esos ochenta días perdidos animaron a Iglesias a subir el precio de la coalición en unos números que ya el PSOE no podía admitir. Lamentablemente,  además, la mediación de Alberto Garzón llegó tarde.

La cuenta atrás hacia las urnas del sábado 10 de noviembre ha comenzado. Lo que no han sabido resolver los políticos lo van a tener que resolver los electores. No es una buena noticia, pero apenas queda espacio para una tercera investidura de Sánchez .  Nadie, por supuesto, tira la toalla aunque todos saben que es muy difícil y que si se logra, probablemente, el remedio sería peor que la enfermedad. Tras una contienda fratricida en la izquierda es inútil discutir sobre quien es Caín o quien es Abel, ni mucho menos quien ha empuñado la quijada de asno con la que se acaba de rematar a Sánchez. Alguien ha cometido un grave error político y lo acabará pagando seriamente en las urnas. No por contar con más o menos ministros se dispone de mayor base social. Hace ochenta años el PCE entró con dos ministros en el gobierno de Largo Caballero y su buena gestión convirtió, en poco tiempo, sus apenas treinta mil militantes en doscientos cincuenta mil. Veremos lo que ocurre el próximo 10 de noviembre