Catedrático Emérito de Ciencias Políticas y Políticas Públicas Universitat Pompeu Fabra

La gran crisis social ignorada por el establishment político-mediático del país

En España persisten dos problemas que la transición de la dictadura a la democracia dejó sin resolver. Uno es su retraso social, que explica que, tras cuarenta años de democracia, España continúe teniendo 1) uno de los gastos públicos sociales per cápita más bajos de la Unión Europea de los Quince –UE-15– (el grupo de países de semejante nivel de desarrollo económico al de España), un gasto muy por debajo de lo que correspondería por su nivel de riqueza económica; 2) unas de las relaciones laborales más sesgadas a favor de la patronal y en contra del mundo del trabajo existentes en la UE-15; y 3) una de las políticas fiscales más favorables a las rentas del capital y a las rentas superiores que hoy se conocen en aquella comunidad. Los datos son claros y hablan por sí mismos (ver mi libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante. Anagrama, 2015).

Este subdesarrollo social se ha acentuado todavía más durante la aplicación de las políticas neoliberales implementadas por los gobiernos españoles (del PSOE primero y del Partido Populardespués, apoyadas en este último caso por Ciudadanos), y aquí en Catalunya por el gobierno catalán (y muy en especial por los gobiernos de CDC, más tarde PDeCAT, apoyados por UDC primero y ERC después). Tales políticas –impuestas durante la Gran Recesión– han contribuido a acentuar todavía más el subdesarrollo social de España, causando una enorme crisis social que ha afectado con especial intensidad a las clases populares y a la juventud de este país. Se han creado, de esta manera, los determinantes para que, entre otros hechos, la juventud no vaya a vivir mejor que sus padres, alcanzando unos niveles nunca vistos antes en este país durante su período democrático. A pesar de su gravedad, el establishment político-mediático español (incluyendo el catalán) ha prestado poca atención a esta gran crisis social.

El problema nacional que centra la atención de tal establishment

El que sí lo centra es el otro gran problema, el mal llamado tema “territorial”, y que incluye las tensiones entre el Estado central, por un lado, y el movimiento secesionista catalán, por el otro, que aun siendo minoritario en Catalunya tiene mayoría en su parlamento, habiendo adquirido una capacidad de movilización que es considerada por el establishment político español como una amenaza para la “unidad de España”. Este es el “monotema catalán” que centra la mayor parte del debate político del país, y que adquirió gran atención de nuevo en el debate de investidura del candidato del PSOE a la presidencia del gobierno, el Sr. Pedro Sánchez, pues las denuncias de las derechas, PP y Cs (claramente influenciadas por la ultraderecha de Vox, heredera del franquismo), acusándolo de “traidor a la patria” (por contar con el apoyo indirecto de los secesionistas), fueron el elemento central del ataque a su candidatura. La respuesta del candidato fue reafirmar su compromiso con tal unidad, identificando patriotismo con la defensa de la visión dominante de España –la uninacional– que tiene el Estado español. En este debate sobre el tema territorial (que debería definirse como tema nacional) se ignoró la gran crisis social existente en el país, cuando, de no haberse ignorado, podría haberse mostrado fácilmente que fueron las derechas “superpatriotas” españolas y el propio gobierno anterior del PSOE –presidido por el Sr. Zapatero– los que habían causado tal crisis social. En realidad, una vez más, el tema “nacional” ocultó el tema social, evitando así mostrar y denunciar a los responsables de la gran crisis social, que son precisamente los “superpatriotas” que están liderando los nacionalismos opuestos, tanto el “unionista” como el “secesionista” (ver mi artículo “Cómo los ‘superpatriotas’ de ambos lados ocultan la enorme crisis social que han creado”, Público, 20.03.19).

La relación existente entre el tema nacional y el tema social

Ambos problemas, sin embargo, están relacionados, pues tienen una causa común, y esta es la naturaleza del Estado español, determinada por una transición de la dictadura a la democracia que, tal y como he mencionado al principio, dejó sin resolver los dos principales problemas de tal Estado. Sin menospreciar los grandes cambios que ocurrieron en él, el Estado democrático no se basó en una ruptura con el Estado anterior, sino en una modificación muy importante pero insuficiente en cuanto a su desarrollo democrático, social y plurinacional, causa de la “explosión” de estos dos problemas en estos años de la Gran Recesión. El Estado español continuó bajo la enorme influencia de las fuerzas conservadoras que habían dominado el Estado dictatorial y la mayoría de los medios de información del país. Así pues, las derechas (herederas, en su mayoría, de las fuerzas y sectores sociales que habían ganado la Guerra Civil) continuaron ejerciendo una enorme influencia sobre el Estado español borbónico, radial y basado en la capital del Reino -Madrid- (reproduciendo la visión uninacional de España y favoreciendo a las clases pudientes a costa de las clases populares). A causa de ello, los poderes económicos (incluyendo el IBEX-35, las asociaciones patronales y las profesionales) y los aparatos de reproducción ideológica (desde la Iglesia hasta los medios de información) continuaron ejerciendo una gran influencia en los aparatos del Estado (tales como la judicatura y los cuerpos y fuerzas de seguridad). Ello explica el subdesarrollo social del Estado y la falta de sensibilidad hacia la plurinacionalidad y diversidad de España. El Estado borbónico sostiene esta estructura de poder, y, por lo tanto, es la causa del subdesarrollo social. Y su rigidez y represión son la causa principal también del crecimiento del secesionismo en Catalunya, secesionismo que tiene como componente central ser anti-Estado central. Fue el veto del Tribunal Constitucional a elementos clave del Estatut de Catalunya lo que generó el gran crecimiento de dicho movimiento.

El gran error del movimiento independentista catalán

El gran error del independentismo, liderado por las derechas catalanas, fue creer que podía conseguir su objetivo –la independencia de Catalunya– unilateralmente y enfrentándose al Estado español. Su “procés”, orientado a conseguir la “independencia exprés”, consiguió todo lo contrario y generó la radicalización de las derechas españolas, con el surgimiento de la ultraderecha de Vox a nivel del Estado. Pero hay otra alternativa para resolver tanto el tema social como el nacional. Y es construir una estrategia basada en la experiencia de las fuerzas democráticas en su lucha contra la dictadura. Las izquierdas españolas relacionaron el necesario cambio social con el también necesario cambio del Estado español, pidiendo un Estado plurinacional y republicano. Las fuerzas progresistas en Catalunya y en otras partes de España deberían aliarse para cambiar el Estado español, a fin de que este pasara de una visión uninacional a una plurinacional, de radial a poliédrico y policéntrico, y de injusto a justo, dando prioridad a resolver el tema social, que es el tema transversal que uniría en un mismo proyecto a las fuerzas progresistas españolas con las catalanas, entre otras. Esta estrategia propuesta aquí sería alternativa a la estrategia que las derechas (tanto españolas como secesionistas) han seguido. En este sentido, solo las izquierdas pueden liderar este cambio que democratice España y su Estado. De ahí que sería aconsejable que las izquierdas nacionalistas españolistas y las catalanistas independentistas cambiaran su estrategia, que está dañando a toda España (y con ello Catalunya) sin conseguir ningún avance para resolver ninguno de los dos problemas. En este sentido, el discurso de Gabriel Rufián, de ERC, parecía alentador, al considerar al partido independentista (del cual es representante y portavoz) como parte de la alianza de las izquierdas españolas. Ello representaba un cambio que entraba en contradicción, sin embargo, con su veto al presupuesto pactado entre el PSOE y UP, así como a su propio apoyo a las derechas catalanas. Es importante recuperar el protagonismo de las izquierdas en España, dando mayor centralidad a la resolución del problema social, cambiando a su vez la visión de España, sustituyendo de esta manera la visión uninacional, que niega la plurinacionalidad.

La redefinición del Estado frente a otras estrategias

Dentro de esta situación se necesita un cambio sustancial en el discurso de las fuerzas tanto secesionistas (en las líneas citadas en el párrafo anterior) como no secesionistas. Estas últimas deben tener los pies en la tierra y ser más sensibles a la opinión de las clases populares de España (incluyendo Catalunya), cuya visión del tema nacional es diferente no solo a la de las derechas españolas, sino también a la de las izquierdas. El debate en estas últimas se ha producido entre federalistas y confederalistas, asumiendo que ambas alternativas son posibles en España en un futuro próximo, lo cual dudo. Cualquier cambio en España está facilitado o dificultado por la actitud que la mayoría de los españoles tengan hacia la alternativa propuesta. Y las dos alternativas propuestas hoy están lejos de la visión más común entre las clases populares. Es importante que se relacione el discurso de las izquierdas, muy rico en su contenido teórico, con las necesidades de las clases populares. Hay que demostrar que la configuración del Estado actual no responde a las necesidades de las clases populares de las distintas naciones y regiones de España.

Un ejemplo de ello es la excesiva radialidad del Estado monárquico, centrado en la capital del Reino. Salir o llegar a tal capital es el eje del sistema, como bien decía Antoni Castells en su reciente artículo en La Vanguardia (17.06.19): “[prevalece] el designio (…) de hacer de Madrid alfa y omega y centro de irradiación de la política y la economía españolas”. Esta centralidad y radialidad es contraria al surgimiento de un sistema federal. Si Washington fuese Nueva York en EEUU, o si Ontario fuera Toronto en Canadá, no habría federalismo en ninguno de estos países. Un país federal, por definición, es poliédrico y policéntrico, es decir, tiene varios centros y no solo uno. El centralismo del Estado en España es enorme. Todo está en la capital del Reino (lo cual afecta incluso a la calidad de vida del pueblo madrileño). En EEUU (un Estado federal), por el contrario, el gobierno federal está por varios rincones del país: la seguridad social, por ejemplo, no está en Washington, está en Baltimore; la mayor agencia de salud pública (el CDC por sus siglas en inglés) del gobierno federal está en Atlanta. Y así un largo etcétera. Sería imposible en España construir un Estado federal con un Estado tan radial y tan poco poliédrico y policéntrico.

Y la segunda condición para tener hoy un sistema federal o confederal es que haya una demanda (o una tolerancia) de ello entre la población, lo cual no es el caso en España. Excepto en Catalunya y en el País Vasco, y en menor medida en Galicia y en las Islas Baleares, no hay un sentido de identidad nacional distinta a la española. De esta realidad se deriva que la vía más acertada sería la de desarrollar relaciones bilaterales, reconociendo la identidad nacional de cada una de estas naciones, y su derecho a decidir en un amplio abanico de alternativas -y no solo independencia sí o no-. Democracia es más que una elección binaria. Y naturalmente toda la población española debería y podría decidir. Al mismo tiempo, se debería favorecer el policentrismo y la España poliédrica. De estos comentarios es fácil deducir que la mejor manera de defender la “unidad de España” no es la represión o el centralismo del Estado, sino el desarrollo de unas estructuras y programas que favorezcan a la mayoría dentro de la diversidad. Así de claro